La crisis política de Ceuta ha desatado una ola nauseabunda de nacionalismo españolista y racismo. Una islamofobia repugnante de odio al moro, de clasismo y deshumanización de las personas migrantes es alentada por los dirigentes del PP y Vox, confiados en que con este combustible pueden asestar el golpe definitivo al Gobierno de Sánchez.
Las manifestaciones del 2 de septiembre impulsadas por la derecha en sus diferentes variantes no son para tomarlas a la ligera. Por supuesto, es su base social y electoral tradicional la que se ha movilizado, pero su discurso se está difundiendo más allá de sus fronteras ideológicas gracias a los graves errores del Gobierno del PSOE en la crisis de Ceuta.
Por eso tiene un gran valor político que la izquierda combativa y militante no se haya resignado, y plante cara impulsando concentraciones y contramanifestaciones en numerosas ciudades denunciando esta ola reaccionaria. Los compañeros y compañeras de Izquierda Revolucionaría y el Sindicato de Estudiantes hemos sido parte muy activa en las mismas, dejando claro lo que sirve y lo que no sirve para frenar a la extrema derecha.
Sirve la unidad de clase por encima de diferencias raciales y de nacionalidad. Sirve una política internacionalista que señale la responsabilidad de los imperialistas y sus guerras, y la función estratégica que juega el racismo para dividir nuestras fuerzas. Que conecte los discursos de la extrema derecha con los intereses capitalistas, y que aplastar nuestros derechos democráticos básicos es clave para aumentar la tasa de ganancia empresarial.
Y explicando por qué no sirve esa izquierda gubernamental y esos burócratas sindicales que arrojan arena a los ojos de los trabajadores y trabajadoras, que asumen y reproducen los prejuicios más mezquinos del orden capitalista que hacen retroceder la conciencia de clase. Esta izquierda tiene una enorme responsabilidad en que el nacionalismo españolista y el racismo puedan avanzar.
¿A qué juegan Pedro Sánchez y el PSOE?
Que Pedro Sánchez compre abiertamente los marcos políticos de la derecha y hable de “invasión” —aunque utilice la forma de “violación de la integridad territorial española”—, haya destinado a cientos de efectivos de la policía y del ejército asumiendo que estamos ante una amenaza al orden y la seguridad, mientras durante semanas miles de migrantes, menores y mujeres en una gran mayoría, son tratados como escoria, y que bandas de lúmpenes y fascistas lanzan violentos pogromos contra ellos sin que pase nada… lo dice todo.
A pesar de todas sus declaraciones buenistas y gestos a la galería, los hechos cantan. El PSOE y Sánchez no solo apoyan la legislación racista sobre inmigración de la UE, que riega con miles de millones de euros a dictaduras como la de Mohamed VI en Marruecos y Erdogan en Turquía para blindar las fronteras y crear campos de concentración para internar a miles de migrantes, es que acaban de declarar solemnemente que endurecerán la ley de extranjería y de asilo, en la línea de lo que exige la extrema derecha.
Por tanto, ¿a que juegan Sánchez y el PSOE? Su insistencia en blanquear a la dictadura alauita hablando a todas horas de su “colaboración” es un cuento para niños imposible de digerir.
Sánchez apela a las “redes sociales”, a Rusia y a Israel, a las mafias… pero es imposible que la huida de 80.000 personas desesperadas, en un país como Marruecos, se pueda llevar a cabo sin que el aparato del Estado lo permita, incluso lo maneje con intenciones políticas evidentes. Es absurdo hablar de “mafias” en abstracto, cuando la mafia que domina el negocio de las rutas de inmigración se sienta en la corte de Mohamed, en los despachos del Ministerio del Interior marroquí, de los mandos policiales y militares, de la magistratura y de los políticos del régimen.
Sánchez omite conscientemente que la barbarie que padecen millones de personas en África, en Oriente Medio y en numerosos continentes no es un castigo divino. Es el resultado del saqueo imperialista de las riquezas naturales y las guerras con las que las clases dominantes de Europa y de EEUU defienden sus intereses económicos y geoestratégicos.
Y el Gobierno “progresista”, por mucha luz de gas que haga en sus declaraciones públicas, no ha roto con estos objetivos imperialistas. Al contrario. Cuando hablan de Marruecos piensan sobre todo en los grandes beneficios que los capitalistas españoles obtienen de este país, y no quieren dar ninguna señal que pueda afectar a este gran negocio.
A nadie se le escapa que la migración masiva es una consecuencia directa de la lucha imperialista por el control de los mercados, de las materias primas estratégicas, de las rutas comerciales, es parte de la lucha de clases en un contexto de aguda crisis del capitalismo y de avance de la extrema derecha. Es muy importante no pasar esto por alto.
La dictadura alauita se ha posicionado en la pugna interimperialista entre EEUU y China del lado de Trump e Israel. Y no es ningún secreto que Trump y Netanyahu consideran un desafío que Pedro Sánchez se haya salido del guion, aunque sea en las formas, y hable de genocidio en Gaza, o haya negado la utilización parcial de las bases americanas en la agresión imperialista contra Irán y el Líbano, o se presente como un opositor de la extrema derecha.
Washington y Tel Aviv no ocultan sus deseos de que Pedro Sánchez sea derribado lo antes posible y que PP y Vox ocupen La Moncloa. Por tanto, no es tan difícil sumar dos y dos. Que la monarquía marroquí se haya convertido en un aliado estratégico de Trump y Netanyahu tiene un gran valor para ambas potencias imperialistas. Y su capacidad de desestabilización en los enclaves coloniales de Ceuta y Melilla, con las consecuencias que esto acarrea en la política interna española, está más que probada. Ahora era el momento de activar esta baza, y lo han hecho sin remilgo alguno.
Si Sánchez, el PSOE y sus aliados en el Gobierno piensan que salvarán la situación negando estos hechos, están soñando. La crisis de Ceuta es también la crisis de la izquierda reformista, de su completo abandono de una política de clase y de su papel como mero gestor del capital en tiempos de crisis y barbarie.







