INTRODUCCIÓN

“La revolución tecnológica que domina nuestras vidas no destruye empleo ni perjudica nuestro bienestar; aumenta las posibilidades de crear riqueza económica, mejorando también la calidad de nuestro ocio. El ser humano se está convirtiendo más que nunca en el centro del mundo. (...) La libertad, la democracia,  el mercado gozan ya del caldo de cultivo propicio para extenderse y generalizarse por todo el mundo. La solidaridad a escala planetaria,  la posibilidad de solucionar los problemas eternos de la Humanidad, el hambre y la pobreza, y de acabar con las guerras es también hoy mucho más posible que nunca”.
No es un cuento de hadas, tampoco es ironía, es el balance que hacía el periódico burgués Expansión, en su especial del 27 de mayo de 1999, de lo bien que estamos y lo felices que somos los habitantes de este planeta gracias al sistema capitalista. Este párrafo es un ejemplo del bombardeo ideológico al que nos someten, un día sí y otro también, los medios de comunicación de masas controlados por la clase dominante: el capitalismo funciona, “es el mejor de los sistemas posibles”, la extensión de los ordenadores, de Internet y de los demás avances tecnológicos y científicos de las últimas décadas demuestra su buena salud y nos conduce a un desarrollo y abundancia sin precedentes.
Y, sin embargo, en esta visión tan idílica del  mundo que nos ha tocado vivir hay cada vez más piezas que no encajan.

EL MUNDO NO VA BIEN


Según el Informe sobre el desarrollo mundial 2000-2001 elaborado recientemente por el Banco Mundial (una instancia nada sospechosa de estar contra el sistema), 1.200 millones de personas (una quinta parte de la población mundial) sobrevive con un dólar diario (menos de 200 pesetas) y 2.800 millones con 400 pesetas1; en los años 60 esta cantidad era de 200 millones. 800 millones de personas padecen subalimentación crónica, cada día mueren 30.000 niños de hambre2, hay 100 millones de niños que viven en la calle y 250 millones que son obligados a trabajar. Durante los últimos cuarenta años, las diferencias de riqueza entre los veinte países más ricos y los veinte más pobres del mundo se han duplicado...
 Pero no crecen únicamente las diferencias entre unos países y otros, dentro de cada uno de ellos el abismo que separa la opulencia en la que nada un puñado de multimillonarios de la miseria que padece la mayoría de la población se hace cada vez más profundo e insoportable. En Europa hay 57 millones de pobres, en EEUU (el país que más está creciendo económicamente en todo el mundo y el supuesto paradigma de un capitalismo casi perfecto) 38 millones de personas viven en la pobreza (la cantidad más alta desde 1962). Los tres magnates de Microsoft tienen más dinero que todo el presupuesto que se destina en los EEUU a programas contra la pobreza y la marginalidad. Las 200 personas más ricas del mundo según la lista Forbes poseen más riqueza que el Producto Interior Bruto (PIB)* conjunto de Estados Unidos, China, Japón, India y Alemania.
La injusticia y desigualdad en aumento, la miseria y pobreza asfixiantes que soportan millones de personas en muchas zonas del planeta, está provocando un malestar social creciente. Movilizaciones como las realizadas con motivo de la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Seattle (EEUU) o más recientemente en Praga con motivo de la reunión del FMI, con miles de jóvenes y trabajadores de todo el mundo echándose a la calle para combatir esta realidad injusta, demuestran que las cosas empiezan a cambiar.
Desde el Sindicato de Estudiantes apoyamos estas movilizaciones y creemos que hoy más que nunca hace falta una lucha internacional unitaria, masiva y continuada de los jóvenes y trabajadores. En  todo el mundo, los capitalistas están recurriendo a las mismas recetas para aumentar sus beneficios y lanzar una ofensiva económica, social e ideológica contra nuestros derechos y aspiraciones. Es necesario que los jóvenes y trabajadores de los distintos países también nos dotemos de una alternativa común y global para hacer frente con éxito a esta ofensiva capitalista y derrotarla.

CAPITALISMO = EXPLOTACIÓN

Las políticas que están aplicando los capitalistas en todo el mundo, con diferentes ritmos y matices según los distintos contextos sociales y económicos, se resumen en las siguientes líneas generales: el aumento de la explotación de los trabajadores, la sustitución de mano de obra más cara por nueva tecnología o mano de obra mucho más barata, la expoliación salvaje de los países del llamado Tercer Mundo y los ataques constantes a los gastos sociales y la privatización de empresas y servicios públicos.

‘LO MÁS AVANZADO EN FLEXIBILIDAD LABORAL DESDE EL LÁTIGO DE SIETE COLAS’

Esta ácida frase, pronunciada por un personaje de Los Simpsons en uno de los sarcásticos episodios de esta serie televisiva dedicado precisamente a las condiciones laborales en los Estados Unidos, podría resumir el conjunto de medidas que los capitalistas se han lanzado a aplicar en las empresas en los últimos años.
Las ganancias empresariales están creciendo a niveles récord precisamente por que se está haciendo  trabajar más horas a los obreros por menos salario y trabajar más rápido. Para ello, sustituyen mano de obra con mayores salarios y derechos por otra más barata y precaria; introducen  tecnología que les permite reducir el número de trabajadores (y, por  tanto, también el de salarios a pagar), así como hacer que cada trabajador individual pueda producir más productos en  menos tiempo que antes; mantienen los salarios por debajo de lo que sube la productividad (cantidad de producción realizada en un determinado tiempo por cada trabajador), e incluso a un nivel inferior de lo que aumenta el Índice de Precios al Consumo (IPC).
Con una mano de obra fuerte, organizada y cohesionada es mucho más difícil aplicar estas recetas, por eso los capitalistas intentan tener un porcentaje cada vez mayor de trabajadores con contratos temporales, que no tengan la misma relación contractual con la empresa que sus compañeros o que, aunque desempeñen su trabajo en ella, no pertenezcan a la plantilla.  La existencia de distintos tipos de contratos y situaciones laborales, las sucesivas reformas laborales que abaratan el despido y flexibilizan el mercado de trabajo, la existencia de mecanismos de explotación tan salvajes como las ETTs, buscan aumentar las diferencias  entre los propios trabajadores y debilitar y dividir de este modo a la clase obrera, dificultando su lucha y organización para poder imponer salarios más bajos y condiciones de trabajo más duras (más “flexibles”, dicen ellos cínicamente). Con un contrato temporal te lo piensas dos veces antes de protestar y reivindicar tus derechos, no vaya a ser que no te renueven el contrato y vuelvas a estar en el paro.
El 25% de los trabajadores estadounidenses tienen contratos temporales o a tiempo parcial. Este porcentaje en el Estado español supera el 35% y en el Reino Unido el 40%. En Holanda está en el 33%. Estos trabajadores cobran por el mismo trabajo que un compañero fijo entre un 20 y un 50% menos y en la mayoría de casos carecen de los derechos sindicales e incluso sociales que ha conquistado la clase obrera con su lucha a lo largo de décadas.
Los capitalistas se aprovechan de los altos índices de paro, y de los problemas que encuentran toda una serie de colectivos para acceder a un puesto de trabajo cualificado (jóvenes y mujeres en busca de primer empleo, inmigrantes...), para explotarlos aún más intensamente que al resto de los trabajadores, ofreciéndoles empleo  en condiciones que en no pocos casos (especialmente en el caso de los inmigrantes) resultan insoportables: jornadas laborales de 12, 14 o incluso más horas, sin derechos de ningún tipo, con estos contratos temporales que hemos denunciado y a veces incluso sin contrato.

MÁS BENEFICIO PARA EL CAPITALISTA,
PEORES CONDICIONES PARA EL OBRERO

El enorme avance que han supuesto la revolución informática, los robots industriales, los móviles e Internet (por poner sólo algunos de los ejemplos más llamativos) podría, efectivamente, elevar del nivel de vida de toda la humanidad y erradicar lacras como el hambre, la miseria y el trabajo penoso o peligroso. Pero en lugar de ser  utilizados para erradicar la pobreza y mejorar las condiciones de toda la humanidad, o para reducir la jornada laboral y repartir el trabajo existente entre todos,  creando así más empleo y mejorando las condiciones de éste, están siendo empleados para todo lo contrario.
Los trabajadores estadounidenses trabajan hoy más horas que en ningún otro momento de las últimas décadas. Si un trabajador a principios de los 90 trabajaba una media de 41 horas semanales, en 1999 lo hacía 51 horas. Pero esto, lejos de mejorar la relación entre el salario del obrero y el beneficio que se lleva el capitalista, aumenta la diferencia entre estos. La productividad  aumentó desde 1992 en EEUU un 18 % pero los salarios sólo lo han hecho un 7%3.
En muchos casos estos salarios en realidad se mantienen al mismo nivel, o incluso han caído, ya que los precios al consumo se han incrementado en igual o mayor medida. Los salarios reales de los trabajadores, comparados con el coste de la vida, han caído un 20% en los Estados Unidos desde los años 70 y un 10%  en  Europa4. En el Estado español, por ejemplo, los funcionarios han perdido un 11% de su poder adquisitivo en los últimos años. La siderúrgica Aceralia aumentó en el primer semestre de este año un 223% sus beneficios con respecto al mismo período de 1999 (entonces ya lo había hecho un 84% respecto al año anterior). ¿Cuál es la oferta de la empresa a los trabajadores  en el convenio? Un 1% de aumento más el IPC (Índice de Precios al Consumo), y eso siempre y cuando estos acepten un plan para empeorar sus condiciones de trabajo y renuncien a conquistas históricas.
Si la introducción de maquinaria en una empresa, al igual que las fusiones entre empresas, es sinónimo de mayor productividad y más beneficios para el empresario, para los trabajadores sólo significa despidos y recorte de plantilla. “General Electric, líder mundial en la fabricación de sistemas electrónicos diversos, ha reducido su estructura de personal, a nivel mundial, desde 400.000 personas en 1981 a menos de 230.000 en 1993, mientras que triplicaba sus ventas”5. Sears Roebuck “eliminó la sorprendente cifra de 50.000 puestos de trabajo en su división de ventas en 1999, reduciendo con ello el empleo en un 14%. Los recortes se produjeron en un año en el que los ingresos por ventas de Sears crecieron en más de un 10%”6.
Otro de los resultados de la introducción de tecnología bajo el capitalismo es la aceleración de los ritmos de trabajo a que se ven sometidos los obreros y la intensificación de su explotación en el puesto de trabajo. El resultado es un incremento de las enfermedades por estrés y de los accidentes laborales hasta extremos que empiezan a alarmar incluso a miembros de la clase dominante. Esta realidad lacerante para los trabajadores fue explicada hace más de 150 años por Carlos Marx en El Manifiesto Comunista: “El creciente empleo de las maquinas y la división del trabajo quitan al trabajo del proletario todo carácter propio, y le hacen perder con ello todo atractivo para el obrero. Éste se convierte en un simple apendice de la máquina, y sólo se le exigen la operaciones más sencillas, más monotonas y de más fácil aprendizaje. Por tanto, lo que cuesta hoy día el obrero se reduce poco más o menos a los medios de subsistencia indispensables para vivir y para perpetuar su linaje. Pero el precio de todo trabajo, como el de toda mercancía, es igual a los gastos de producción. Por consiguiente, cuanto más fastidioso resulta el trabajo, más bajan los salarios. Más aún, cuanto más se desarrollan la maquinaria y la división del trabajo, más aumenta la cantidad de trabajo, bien mediante la prolongación de la jornada, bien por el aumento del trabajo exigido en un tiempo dado, la aceleración del ritmo de las maquinas, etc”*.

BENEFICIOS MANCHADOS DE SANGRE


Más de 14.000 trabajadores mueren cada año como consecuencia de accidentes en su puesto de trabajo y otros 2, 2 millones sufren algún tipo de invalidez por la misma causa. Según diferentes estudios, la mayoría de estos accidentes se dan precisamente entre  trabajadores temporales y sus causas están relacionadas con el hecho de que los obreros se vean obligados a trabajar cada vez más horas y en peores condiciones7. Estos datos hacen referencia solamente a EEUU,  el país modelo al que se supone que todos los demás deben imitar.
¡Y vaya si parecen decididos a imitarlo! En Japón los capitalistas han llegado al extremo de idear un sistema que se basa en aumentar de forma constante los ritmos de las cadenas de producción obligando a los trabajadores a ir al límite durante toda la jornada laboral: “A medida que la cadena de producción va a un ritmo más rápido (...) se hace cada vez más difícil mantenerlo (...) la dirección entiende que cualquier error es debido única y exclusivamente al trabajador. Las luces de la pizarra electrónica identifican inmediatamente a la persona que no sigue el ritmo”. Este y otros sistemas similares han provocado la extensión de una enfermedad nueva como resultado del estrés que ocasionan; se llama karoshi. Un portavoz del Instituto Nacional de la Salud japonés describe así el karoshi: “una situación en la que prácticas  laborales psicológicamente nocivas son permitidas hasta llegar al extremo que trastornan el ritmo normal de vida y trabajo del obrero llevándole a una situación de fatiga  física y estrés crónico acompañado por un empeoramiento de la presión arterial, lo que, finalmente, trae un fatal desenlace”.
En el Estado español también vemos las dramáticas consecuencias de la precariedad laboral: es el país con más accidentes laborales y muertos en el trabajo de toda la UE y este trágico récord no cesa de aumentar año tras año.

GLOBALIZACIÓN DE LA OPRESIÓN


Ya hemos visto en qué consiste la ofensiva de la burguesía  en el terreno de las condiciones de trabajo en las fábricas. Esta ofensiva se da a escala mundial y  va asociada a otra serie de actuaciones como el desmantelamiento del llamado “Estado del Bienestar” y los recortes sociales, así como a la explotación brutal de los países del llamado Tercer Mundo.
El libre movimiento de los capitales de unos países a otros (de forma que si un capitalista ve la posibilidad de aumentar sus beneficios en la otra punta del planeta  puede trasladar sus inversiones allí mucho más rápida y fácilmente que en cualquier otro momento), la intensificación del comercio mundial entre las distintas economías y la organización de este comercio al servicio de las grandes multinacionales y controlado ferreamente por ellas son otros de los rasgos distintivos del funcionamiento del capitalismo actual.
Toda la economía mundial se halla bajo el dominio de un puñado de multinacionales cuyos presupuestos y beneficios superan en muchos casos a los de países enteros. Estas multinacionales dictan las leyes que rigen el comercio y la división del trabajo en todo el mundo con el objetivo de aumentar cada vez más su poder y riqueza.
Esta realidad, que se ha dado en denominar globalización, es el resultado lógico del funcionamiento del capitalismo y existe desde hace décadas. Fue prevista por Marx hace 150 años y denunciada y combatida incansablemente por todos los revolucionarios que siguieron sus ideas a lo largo de todo el siglo XX. Es la continuación de lo que Lenin caracterizaba a principios de siglo como fase imperialista del capitalismo.
El capitalismo se basa en acumular cada vez más capital, para ello es necesario vender cada vez más, explotar nuevas materias primas, abrir nuevos mercados. Así ha sido toda su historia: extender las inversiones y el comercio a todo el mundo, globalizarse cada vez más hasta llegar al momento actual en que todas las economías intercambian entre sí los productos y materias primas que necesitan y dependen unas de otras. En un sistema basado en la búsqueda del máximo beneficio privado, como es el capitalista, esta interdependencia de las distintas economías sólo puede darse bajo la forma de que los capitalistas más poderosos económica, política y militarmente impongan sus ambiciones.
Por su parte, los beneficios de las débiles burguesías de los países más atrasados también salen del mantenimiento y estabilidad del sistema capitalista en todo el mundo y, lejos de luchar seria y decididamente por mejorar las condiciones de las poblaciones de sus países, lo que hacen es aumentar aún más su explotación. Ya que no pueden competir en inversión tecnológica y modernización de sus industrias con los capitalistas más fuertes, intentan aumentar sus beneficios empeorando aún más las condiciones laborales de sus obreros. Así, ofrecen productos más baratos, o posibilidades de inversión con menos costes, a las multinacionales; las cuales les compran determinados productos (sobre todo materias primas) o trasladan partes de su producción  a estos países para aprovechar la mano de obra más barata y maximizar beneficios.
En este orden mundial imperialista, a los países atrasados se les adjudica la función de proveer de materias primas y mano de obra barata a las multinacionales. A cambio de sus recursos naturales y riquezas estas naciones reciben los productos elaborados que fabrican  las multinacionales. Es un intercambio absolutamente desigual ya que están cambiando productos con más horas de trabajo por otros con menos. Por si fuera poco, las multinacionales –al controlar el mercado mundial– fuerzan los precios de las materias primas aún más a la  baja y multiplican así todavía más sus beneficios. El resultado es el empobrecimiento y endeudamiento constante del llamado Tercer Mundo y el sometimiento de toda la población mundial a la voluntad de unos pocos.

FMI, BANCO MUNDIAL, OMC
(O CÓMO ROBAR A LOS POBRES
PARA DÁRSELO A LOS RICOS)


Cualquier intento de los países más atrasados de aproximarse a los avanzados, dentro de este sistema basado en la persecución egoísta del beneficio, debe pasar por créditos y “ayudas” de las multinacionales (o de organismos controlados por éstas como el Fondo Monetario Internacional –FMI–, el Banco Mundial –BM– o la Organización Mundial de Comercio –OMC–) que luego deben devolver con jugosos intereses añadidos. Lo que acaba produciéndose es una sangría de recursos hacia los bolsillos de los capitalistas occidentales, la ruina de la mayoría de la población en estos países, el endeudamiento de sus estados y el incremento de su dependencia con respecto a los más poderosos.
La deuda externa de los países latinoamericanos  con los bancos y capitalistas occidentales representa el mismo volumen que el total de sus exportaciones durante dos años. Los intereses de la deuda ahogan a estos países en el subdesarrollo y les hace depender totalmente de la voluntad de las multinacionales, que son quienes marcan la línea de actuación de agencias como el FMI, el BM o la OMC. Para acceder a los créditos de cualquiera de estos organismos los países coloniales deben aceptar las políticas económicas que estos les marcan: privatizar las empresas públicas (para que los empresarios acumulen beneficios explotándolas), abrir sus mercados a los productos occidentales en los sectores en los que interesa a las potencias occidentales, ofrecer condiciones laborales aún más “flexibles” que las que hemos analizado anteriormente respecto a los países avanzados para que las empresas de estos países puedan encontrar una mano de obra aún más barata y dócil cuando la precisen.
Un ejemplo del cinismo de los capitalistas  lo  estamos viendo con la subida de los precios del petróleo. Durante años el precio del barril de petróleo cayó en picado  (llegó a costar 10 dólares frente a los 35 que oscila últimamente). Entonces los precios carburantes no bajaron en la misma proporción ni  muchísimo menos. Las multinacionales petrolíferas aprovecharon aquella caída para multiplicar aún más sus beneficios. Ahora, el descontento e inestabilidad social en estos países (provocados por la ruina económica), y el aumento de la demanda de petróleo en Occidente por causa del boom económico, han provocado una cierta subida de los precios, aunque en realidad el precio actual del petróleo sigue representando (comparándolo con el aumento de los demás precios) la mitad de lo que costaba en los 80 y un 35% menos que cuando la Guerra del Golfo en 19918.
Esta subida está siendo utilizada por las multinacionales para echar la culpa de los altos precios de los carburantes a los países productores de petróleo y así  justificar nuevos aumentos de los precios cuando están obteniendo beneficios insultantes. En los últimos doce meses Repsol YPF ha aumentado sus beneficios un 400%9 (en los últimos seis, cuando más ha subido el petróleo, ha triplicado sus resultados). Cepsa ha mejorado sus beneficios un 100%. Totalfina-Elf  lo ha hecho un 165%. Ellos, los capitalistas, nunca pierden. Roban a los pueblos de los países  productores de petróleo, expoliando sus riquezas, y roban a los trabajadores, agricultores y transportistas de los países consumidores subiendo los precios de los carburantes siempre que pueden.
Para colmo “los países de la OPEP utilizan los recursos que la venta del crudo les genera para pagar deudas (...) acumulan una deuda externa [con los bancos y multinacionales occidentales, nota nuestra] de 68,5 billones de pesetas, equivalentes a un 40% de su PIB conjunto”10. Es decir, al final, ni siquiera el dinero del petróleo que venden se queda en estos países; una gran parte llena los bolsillos de esos mismos capitalistas que denuncian histéricos la subida del petróleo. Lo dicho, el cinismo de estos vampiros no tiene límites.

HACIA EL ‘ESTADO DEL MALESTAR’


Los ataques a la educación pública y a la sanidad, las privatizaciones de empresas estatales, etc. son otros tantos síntomas de la decadencia de este sistema. El  llamado “Estado del bienestar” (es decir, el derecho a una asistencia sanitaria universal y gratuita; a la educación pública, a un subsidio de desempleo, la existencia de un Salario Mínimo y otros derechos básicos) fue una conquista del movimiento obrero.
La burguesía utilizó esa concesión que se vio obligada a realizar en un momento determinado (y bastante excepcional) para alejar el fantasma de una revolución en los países avanzados durante décadas, así como para fomentar la idea de que el capitalismo había cambiado: que ya no era aquel sistema salvaje que obligaba a trabajar a los niños, que negaba el derecho a una vivienda, sanidad y educación pública dignas a los trabajadores y sus familias, que los condenaba a largas y extenuantes jornadas laborales.  
Esto fue (y sigue siendo) aceptado por muchos dirigentes de la clase obrera que hicieron suyo ese mensaje: ya no tenía sentido luchar por otra sociedad sino que había que “reformar” ésta, limando las posibles imperfecciones que pudiese tener; se trataba de reivindicar una economía de mercado cada vez con más riqueza y justicia social, un capitalismo “democrático” y de “rostro humano”.
Ya hemos visto las jornadas de trabajo en aumento, los recortes de derechos sindicales y sociales y la extensión del empleo temporal o del trabajo infantil; también hemos analizado sus consecuencias dramáticas para la salud física y mental de los trabajadores. Todas estas condiciones  –unidas a los ataques a la educación y sanidad públicas– recuerdan los tiempos del capitalismo más salvaje.
Volvamos por un momento al país en el que la economía capitalista está creciendo más espectacularmente. Según un artículo del diario burgués mexicano La Jornada sobre los Estados Unidos (28-12-99), dos millones de norteamericanos no tienen techo, 45 millones  carecen de seguro de salud, uno de cada cinco niños vive en la pobreza y uno de cada cinco ciudadanos es analfabeto, mientras la población carcelaria asciende a dos millones.
El número de presidiarios ha crecido un 70% en los últimos diez años (ocho de ellos de boom económico). La situación es tan crítica que, según informaba El País no hace mucho, en algunos Estados se ha decidido fomentar la construcción de...¡cárceles privadas! Estas han sido objeto de duras denuncias por parte de las organizaciones de derechos humanos por el brutal trato que reciben los reclusos.
La inmensa mayoría de los presidiarios son negros e hispanos. Una gran parte de los nuevos encarcelados lo son como resultado del recorte de los subsidios sociales y el consiguiente incremento de la delincuencia en los barrios más pobres. Este es el panorama del capitalismo a las puertas del siglo XXI, más cercano al capitalismo salvaje del siglo XIX que a ese cuento de hadas que muchos pretenden que nos creamos.
Sin embargo el capital  no ha conseguido desmantelar totalmente las conquistas sociales del movimiento obrero,  si todavía hay países en los que incluso se conserva una parte importante de esos derechos, es precisamente por  la resistencia que estamos oponiendo los trabajadores y jóvenes; por el  miedo que los capitalistas tienen a una explosión social de magnitudes incalculables. Pero su voluntad de seguir atacando estos derechos sociales básicos no ofrece dudas. El  capitalismo se ha quitado la careta y su rostro, desde luego, parece de todo menos humano.

¿REFORMAR ESTE SISTEMA
O LUCHAR POR OTRO?


La cuestión fundamental es comprender la causa fundamental de todas estas políticas y determinar cómo podemos conseguir una realidad diferente. Como decíamos anteriormente, dentro de la izquierda (y especialmente en las cúpulas dirigentes de muchos sindicatos y partidos) no faltan quienes piensan que eso es perfectamente posible dentro de este sistema, la lucha no debe ser contra el capitalismo como sistema sino contra determinadas manifestaciones y excesos de éste. Otros van un poco más lejos y plantean luchar por reformas sociales que democraticen un poco más el sistema y distribuyan más justamente la riqueza.
Algunas de las organizaciones que luchan contra la globalización defienden que bastaría simplemente con evitar la globalización del capitalismo para solucionar estos problemas, como si globalización y capitalismo fuesen cosas distintas. Proponen impuestos (tasas) a los capitalistas para disuadirlos de trasladar sus inversiones. O reivindican leyes que garanticen un mayor control de los estados sobre las empresas para garantizar que las multinacionales no  impongan su voluntad y la búsqueda del máximo beneficio no lo determine todo.
Como si el  origen del problema fuese el hecho de que se intensifiquen las relaciones económicas entre unos países y otros y no quien domina esas relaciones y se beneficia de ellas. Como si la esencia del capitalismo no fuese, como ya hemos explicado, la explotación del hombre por el hombre y la necesidad de hacer lo más global posible esa explotación.
Desde el Sindicato de Estudiantes pensamos que, contra las consecuencias de un determinado modelo de explotación capitalista, no tiene sentido luchar por volver a otro modelo de explotación capitalista anterior sino acabar con la explotación definitivamente. Un buen ejemplo de esa confusión que a veces existe en la izquierda, junto al intento de querer luchar contra la globalización pero no contra el capitalismo, es la idea de que nuestro objetivo en vez de construir una sociedad distinta debe ser recuperar el llamado “Estado del bienestar” (y conseguir alguna pequeña mejora más) bajo el sistema hoy existente.  
En realidad, como explicábamos antes, ese modelo capitalista caracterizado por la intervención del Estado en la economía (y en algunos casos por ciertas concesiones sociales) fue el resultado de una situación irrepetible en la historia del capitalismo.
Los burgueses se vieron obligados a hacer concesiones ante las luchas revolucionarias de los trabajadores a lo largo de toda la primera mitad de siglo y, especialmente, durante los años treinta y tras la II Guerra mundial. Además, un auge económico de su sistema como nunca se había visto antes (permitido por la destrucción ocasionada por la guerra mundial, los campos de inversión que abría la reconstrucción posterior a ésta y toda otra serie de factores excepcionales) les permitió hacerlo.
Pero ¿porqué los capitalistas abandonaron un modelo que les había permitido acumular beneficios y tener estabilidad política y social? Pues precisamente porque ya no les ofrecía el volumen de beneficios que necesitaban y chocaba con las exigencias de la acumulación capitalista de la máxima ganancia posible. El pleno empleo, el trabajo fijo, los altos impuestos y elevados presupuestos necesarios para mantener los gastos sociales, la existencia de un movimiento obrero fuerte y bien organizado, que conquistaba con su lucha subidas salariales y derechos laborales, provocaron en un determinado momento (sobre todo a partir de los años 70) la caída de los beneficios y la inversión por parte de los capitalistas y un incremento del desempleo que ha seguido creciendo hasta hoy. Los empresarios, para maximizar sus ganancias, empezaron a aplicar todas esas agresiones a los derechos laborales y sociales que hemos enumerado en los apartados anteriores.
El capitalismo es un sistema inestable por naturaleza, que funciona con períodos de auge y crisis constantes. En los períodos de crecimiento económico los trabajadores sólo reciben migajas, y a veces ni eso (como en estos momentos).
A menudo, los que idealizan desde la izquierda el período de auge capitalista de los años 50 y 60 como una etapa que debería volver, olvidan que incluso una época de crecimiento tan importante como aquella (la de mayor y más prolongado crecimiento de la economía en este siglo) se circunscribió a unos pocos países y se cimentó en gran parte sobre esa misma explotación brutal del Tercer Mundo que ya hemos denunciado en este documento. De hecho, para la inmensa mayoría de la humanidad nunca ha existido nada semejante al llamado “Estado del bienestar”; desde que el capitalismo existe el único “Estado” conocido por millones de seres humanos ha sido el malestar más absoluto que se pueda imaginar. Es más, en los países que se beneficiaron de ese auge, la burguesía sólo dedicó una pequeñísima parte de sus inmensos beneficios a realizar ciertas reformas sociales. En realidad, la riqueza y el poder se concentraban cada vez más firmemente en menos manos y las diferencias entre ricos y pobres aumentaban.
El Estado intervenía en la economía pero lo hacía para mantener el capitalismo, las empresas públicas eran utilizadas para ofrecer bienes y servicios a buen precio a los empresarios privados, lo que muchas veces les hacía perder dinero en beneficio de ellos (cuando el sistema entró en crisis las deudas de estas se utilizaron como excusa para cerrarlas y privatizar lo que interesaba a los capitalistas).  Las políticas y presupuestos educativos, sanitarios, culturales, etc., se seguían elaborando –en última instancia– en función de los intereses capitalistas, aunque en ocasiones la presión popular obligase a introducir avances. Qué decir de los gobiernos y  Parlamentos, o de los de los cuerpos del Estado dedicados a la represión (policía, ejército, tribunales). Cada vez que los jóvenes y los trabajadores queremos ir más allá de lo que los capitalistas estaban dispuestos a conceder estas instituciones son  utilizadas contra nosotros.
La indignación contra la injusticia, hipocresía y falsedad del sistema capitalista no dejó de provocar luchas e incluso revoluciones; como el Mayo del 68 francés, en el que no sólo participaron los estudiantes sino que diez millones de trabajadores tomaron las fábricas. Una insurrección cuyo influjo posteriormente se extendió a otros países europeos (sobre todo a Italia) y estimuló nuevos movimientos revolucionarios en los años 70, cuando tras el auge vino una de las peores crisis del capitalismo en este siglo.
Así funciona este sistema. Cuando el capital tiene beneficios no podemos pedir mucho porque los capitalistas tienen que mantener sus beneficios y si  estos disminuyen no invertirán. Ya vendrán tiempos aún mejores nos dicen, en los que ellos mismos, con su enorme generosidad, nos darán lo que precisemos sin necesidad de reclamarlo. Pero esos tiempos nunca llegan y, cuando aparece la crisis, los trabajadores somos los primeros en sufrir las consecuencias. Entonces, como bajan los beneficios, los trabajadores y sus familias tenemos que apretarnos el cinturón para que vuelvan a subir.

EL PROBLEMA ES EL CAPITALISMO


Lo que ocurre es que, debido a su propio funcionamiento, el sistema capitalista  además de ser injusto socialmente, siempre acaba entrando en crisis peores y más profundas.
El capitalismo se basa en la búsqueda del máximo beneficio individual por parte de cada capitalista y en la propiedad privada de los medios de producción; es decir, la riqueza que se crea con el trabajo de la mayoría de la población y los medios necesarios para crearla (máquinas, instalaciones...)  no pertenecen a toda la sociedad, decidiendo ésta democráticamente cómo emplearlas en función de las necesidades que haya, sino que es propiedad de un reducido grupo de individuos que sólo la ponen en marcha si les proporciona una ganancia superior al capital previamente invertido.
La ganancia  del capitalista es resultado de una expoliación: es tiempo de trabajo que no se le paga al obrero. Si un obrero recibiera el producto íntegro de sus ocho o diez horas de trabajo el empresario no ganaría nada. Por eso  introducen máquinas que hagan producir más en menos tiempo al trabajador, intentan alargar la jornada laboral o sustituyen una mano de obra que les cuesta más cara, y está mejor organizada para defenderse, por otra a la que poder explotar mejor, pagarle menos salario y de la que extraer más beneficio.
Esto provoca dos cosas: a) la crisis inevitable del sistema  y b) que los intereses de estas dos clases (los capitalistas y los obreros) sean opuestos en todo momento llevando, especialmente cuando la crisis se hace evidente, a enfrentamientos decisivos (revoluciones y contrarrevoluciones).
La crisis se produce antes o después porque los capitalistas, para aumentar sus beneficios, recurren a todas las medidas que hemos dicho antes. Pero los trabajadores no sólo son los que producen también son (junto a otros sectores menos numerosos como pequeños comerciantes, campesinos, etc.) el grueso de los consumidores. Si el valor de lo que ha producido cada obrero no revierte a él íntegramente es imposible que todos los obreros puedan consumir todo lo que se ha producido. Esto puede tardar más o menos tiempo en salir a la superficie (gracias al crédito y otros mecanismos) pero tarde o temprano lo hace y provoca una lucha entre los capitalistas individuales por los mercados ya que hay demasiada producción para el mercado que existe (a esto se le llama crisis de sobreproducción).
Cada capitalista intenta vender más y a menor coste pero eso, manteniendo los beneficios, significa más ataques a los derechos de los obreros (es la pescadilla que se muerde la cola:  nueva sustitución de mano de obra más costosa por otra más flexible y barata, nuevos despidos para introducir más tecnología, etc.). Esto ayuda a un capitalista o grupo de capitalistas a recuperar sus beneficios inicialmente pero agrava la crisis del sistema al cabo de un tiempo, pues sigue habiendo cada vez más capacidad para producir y menos capacidad para dar salida a todos esos productos.
Como hemos visto antes, la introducción de tecnología en todo el mundo está suponiendo  un aumento enorme de la capacidad productiva y despidos masivos de trabajadores. Ello hará que la lucha por los mercados entre los distintos capitalistas sea cada vez más dura. Antes o después la crisis sobrevendrá, reducirán la inversión e intentarán cargar el peso de la caída de sus beneficios sobre nosotros en forma de nuevos y aún más duros ataques. Hoy mismo, en pleno boom económico, el 95% de las inversiones son especulativas (no producen nada, no crean empleo ni riqueza); son movimientos en la bolsa. Incluso en momentos de auge económico, como el que ahora vivimos, cuando los beneficios aumentan y crece la producción, los capitalistas no aprovechan toda la capacidad productiva que existe y las necesidades sociales siguen insatisfechas.
El problema básico del sistema capitalista es que la capacidad de producir del sistema (y  más  aún con las nuevas tecnologías) es ilimitada, así como las necesidades sociales que existen también lo son. Sin embargo, la capacidad de consumo de las masas se ve limitada por la explotación en aumento de que son objeto. Un ejemplo: con la tecnología actualmente existente sería posible –según un informe de la FAO (organismo de la ONU) de comienzos de los 90– producir alimentos para abastecer a 10.000 millones de personas.
Sin embargo, con una población mundial de 6.000 millones de habitantes, el hambre y la miseria asolan regiones enteras del planeta y crecen incluso en los países más desarrollados. En una sociedad en la que se produjese en función de las necesidades sociales existentes esto sería impensable, pero bajo el capitalismo, al producir únicamente con el objetivo de vender y sacar un beneficio privado, no basta con que haya gente que necesite un producto o servicio, debe tener el dinero necesario para pagarlo.

EL SOCIALISMO, LA ÚNICA ALTERNATIVA


El único obstáculo a que toda la enorme riqueza que genera el trabajo y la creatividad de los seres humanos se destine a la satisfacción de las necesidades humanas es que, mientras que la producción es social y colectiva,  la propiedad de los medios de producción sigue siendo privada e individual. El beneficio y la avaricia de unos pocos impide el bienestar y el progreso de la mayoría. Bastaría con expropiar los grandes bancos y empresas financieras, los grandes monopolios y los latifundios y poner estos recursos bajo control democratico de los trabajadores para empezar a solucionar los problemas que hemos denunciado a lo largo de este documento.
Con la riqueza en manos de toda la sociedad, la forma de emplear esta riqueza se decidiría democráticamente, se planificaría su utilización en función de las necesidades sociales, medioambientales, culturales, y no de los intereses de unos pocos, garantizando un desarrollo justo y solidario de todos los pueblos y de todos los seres humanos. Sería la máxima expresión de democracia que haya conocido la historia de la humanidad. En esto consiste el socialismo y no en la dictadura burocrática que durante décadas existió en la URSS estalinista.
El auténtico socialismo no es utópico, con los adelantos técnicos de las últimas décadas sería posible  hoy mismo. Los ordenadores y la aplicación de la tecnología en la producción, bajo el socialismo, permitirían la reducción drástica de la jornada de trabajo, facilitando a la gente la participación en todas las decisiones que se tomaran en la economía, la política, la cultura. Proporcionaria mucha más información (y más rápida) para planificar la economía, ofreciendo la posibilidad de que todos los ciudadanos pudiesen participar con sus opiniones y propuestas en esa planificación y controlar democráticamente su desarrollo.
El principal obstáculo que está impidiendo que el apoyo a este modelo alternativo de sociedad se extienda y crezca rápidamente no es otro que la aceptación por parte de la gran mayoría de los dirigentes de los partidos de la izquierda y sindicatos obreros de la machacona propaganda de la burguesía según la cual el capitalismo es el único sistema posible: “no hay alternativa”, “la gente no quiere luchar”,etc.
Pero todo esto es falso, el descontento con el capitalismo crece. Los propios capitalistas lo ven y están preocupados. “La globalización aumenta las demandas al Estado de que proporcione una seguridad social al tiempo que reduce su capacidad para hacerlo. Esto lleva en sí el germen de conflictos sociales (...) la insatisfacción popular podría desatar oleadas de proteccionismo (...) esto podría conducir a un colapso como el de los años treinta”. Quien plantea estos temores es nada más y nada menos que uno de los capitalistas más ricos del mundo, el especulador financiero George Soros11.
Un editorial reciente del mismo periódico que citábamos al principio de este documento, el diario financiero Expansión, (19/9/2000) alertaba a los capitalistas de que “Las protestas que desde Seattle se han producido en todos los foros y lugares en los que huele a globalización(...) demuestran una creciente y preocupante impopularidad del capitalismo como sistema de organización económica y social. (...) La hostilidad ante el capitalismo no es nueva pero su caldo de cultivo es ahora más propicio”.
Este descontento social se está expresando ya en movimientos revolucionarios (Ecuador este mismo año, Indonesia hace dos años), huelgas generales y movilizaciones sociales masivas en muchos países (América Latina, Corea, Serbia etc.). La revolución también llegará a Europa y al Estado español. Lo único que hace falta para que triunfe es que los que luchamos por una transformación revolucionaria de la sociedad –que sustituya esta barbarie basada en la explotación del hombre por el hombre por una sociedad socialista, sin ningún tipo de opresión ni explotación–, seamos muchos más; que la mayoría de los jóvenes y trabajadores conozcamos estas ideas, nos organicemos para llevarlas a más gente y tengamos la fuerza suficiente para hacerlas vencer.


1.- El País, 13-9-00.
2.- El mundo ¿va bien?, de E. Miret Magadalena (El País, 26-9-00).
* PIB: riqueza anual generada en un país.
3.- Bussiness Week, 23-9-00.
4.- L´utopia keynesiana e la crisi dei capitalismo, en In difesa del marxismo, revista marxista italiana.
5.- El fin del trabajo, J. Rifkin, p. 227.
6.- Op.cit., 251.
7.- Op.cit.
* El Manifiesto Comunista, de C. Marx y F. Engels. Edición de la Fundación Federico Engels, Madrid 1997, pág. 10)
8.- Expansión, 19-9-00
9­.- El Militante, nº 133
10.- El País, 10-9-00
11.- Hacia una sociedad abierta global. G. Soros (El País, 23/12/97)

(function(i,s,o,g,r,a,m){i['GoogleAnalyticsObject']=r;i[r]=i[r]||function(){ (i[r].q=i[r].q||[]).push(arguments)},i[r].l=1*new Date();a=s.createElement(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','//www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-28549730-1', 'auto'); ga('send', 'pageview');