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Índice: PRIMERA PARTE: QUÉ ES EL FASCISMO 1. Los jóvenes no somos violentos: los fascistas sí 2. ¿Qué es el fascismo? 3. El fascismo en el Estado español 4. El fascismo, producto del sistema capitalista
SEGUNDA PARTE: CÓMO LUCHAR CONTRA EL FASCISMO
Tabla reivindicativa
PRIMERA PARTE: QUÉ ES EL FASCISMO
En el último período estamos sufriendo un rebrote de las agresiones de las bandas fascistas. En Salamanca apuñalaron a un joven castellanista, en León grabaron una esvástica a una chica cuyo único delito era ser la novia de un dirigente de la Juventud Comunista, en El Ejido asesinaron a un sindicalista del SOC que trataba de organizar a los trabajadores inmigrantes, en Madrid organizaron una cacería de inmigrantes por las calles del barrio de Villaverde, etc. En octubre de 2005, mientras que en Guadalajara la justicia sacaba de la cárcel al fascista que había intentado asesinar a un compañero del entorno de las Juventudes Comunistas ocho meses antes, en Madrid, otro energúmeno también apuñalaba gravemente a otro compañero anarquista, estudiante de la Universidad Autónoma. En diciembre de 2005 eran dos chicas de Valladolid las tatuadas con esvásticas, una en la espalda y otra, de tan sólo 14 años, en un glúteo. Valencia, Sabadell, Talavera, Zaragoza son otras localidades donde sufrimos las agresiones de bandas fascistas. Desde luego, los nazis son una minoría, pero una minoría peligrosa que no tiene ningún problema en asesinar, apalear… a cualquier joven, ya sea por nuestros gustos, nuestra ideología o el color de nuestra piel.
Todos los jóvenes sabemos que en muchos barrios y localidades existen bandas fascistas que actúan con la más absoluta impunidad. No son muchos, pero son los suficientes para imponer su ley. Mientras que para la derecha y los medios de comunicación este problema no existe, el gobierno del PSOE está mirando hacia otro lado y acepta el discurso de los reaccionarios que dicen que, en todo caso, se trata de una vertiente más de la violencia juvenil: los jóvenes somos violentos y lo que necesitamos es mano dura.
1. Los jóvenes no somos violentos: los fascistas sí
Desde luego, lo que sí que es violento es el sistema social en el que vivimos: el capitalismo. A nuestro alrededor vemos guerras imperialistas, limpiezas étnicas, políticos que mienten sobre la existencia o no de armas de destrucción masiva o sobre la autoría de los atentados terroristas… Pero también vemos explotación infantil, miseria, prostitución, droga... Es una sociedad violenta, llenas de lacras que provocan más violencia. Somos precisamente los jóvenes los que más sufrimos esa violencia, no sus responsables.
Sin embargo, los fascistas sí que son violentos, es más, su ideología política no tiene otro objetivo que la violencia para que no nos organicemos y luchemos por nuestros derechos. Sólo un dato: un informe de la Jefatura Superior de Policía y en la Guardia Civil ha reconocido 125 casos de delitos en los que los fascistas han participado. Según ese mismo informe, la cifra de los delitos de las “bandas latinas” ha sido de 20. ¡Seis veces menos! Sin embargo, para los medios de comunicación y la política oficial, las agresiones fascistas no existen. Los únicos problemas son los relacionados con los inmigrantes y con la propia “naturaleza violenta” de la juventud.
La inmigración
Pensemos por un momento en los problemas relacionados con la inmigración. Son además una de las banderas de las bandas fascistas. Los inmigrantes están entre sus objetivos prioritarios. Estos problemas existen y son reales: integración y convivencia, bandas latinas, etc.
Tradicionalmente la derecha y la extrema derecha han tratado de enfrentar a los trabajadores inmigrantes con los nativos: “nos roban el trabajo”, “son delincuentes”... Lo cierto es que, hasta hace poco, éramos nosotros los que emigrábamos a otros países de Europa y América: sólo la necesidad de tener que escapar de tu país demuestra la desesperación que rodea a los inmigrantes. Tienen que abandonar a sus seres queridos, sus hogares, su cultura… para poder sobrevivir. Para venir no lo tienen fácil y muchos de ellos caen víctimas de mafias que hipotecarán su destino, cuando no pierden la vida directamente. Mafias que, por cierto, actúan con absoluta impunidad. Pero cuando llegan aquí se encuentran con marginación, miseria, explotación salvaje, insultos. Hacinados en viviendas miserables, malviviendo con salarios especialmente bajos, muchos de ellos trabajando como esclavos… Quien no entienda que esas condiciones generan y generarán más problemas, no entiende nada. Sólo garantizando unas condiciones laborales dignas y una vida digna para todos, una educación pública y una sanidad pública suficientemente dotadas y de calidad se puede resolver los problemas asociados a la inmigración.
Los mismos que se están enriqueciendo con el trabajo esclavo de los inmigrantes son los principales interesados en introducir racismo y odio entre los trabajadores inmigrantes y nativos: enfrentados y divididos somos más débiles. Al fin y al cabo, la precariedad y la explotación la sufrimos trabajadores inmigrantes, pero también los nativos. Pero no sólo introducen odio hacia los que vienen de fuera. Son los mismos que también tratan de enfrentarnos en líneas nacionales. Son los mismos que tratan de enfrentar a catalanes y vascos contra la población del resto del Estado. Son los mismos que criminalizan a los jóvenes, que nos acusan de maleantes, de viciosos y vagos.
Criminalizan a la juventud
Durante el gobierno del PP pudimos ver como Aznar y los suyos maltrataba a la juventud que luchaba contra la guerra imperialista, contra el desastre del Prestige… lanzaban furiosas cargas policiales contra nosotros, reprimían nuestros derechos democráticos de manifestación, huelga, expresión…Los jóvenes somos el sector de la clase obrera más expuesto a la precariedad, al paro… El 23% de los menores de 25 años está en el paro. El 65% de los jóvenes que trabajan tienen contratos precarios y el 90% de los contratos que nos ofrecen son temporales. Sólo el 23% de los jóvenes comprendidos entre los 15 y los 29 años pueden emanciparse del hogar paterno porque el salario medio de los jóvenes es de 785 euros (865 euros el hombre, 680 euros la mujer, que sufre aún más estas condiciones laborales). Estos datos explican por qué los jóvenes hemos sido la punta de lanza de la movilización contra la derecha (que culminó expulsando al PP de la Moncloa) Por eso la derecha y los empresarios, que se enriquecen explotándonos, tratan de pararnos los píes, criminalizándonos y reprimiéndonos. Una buena forma es demostrando que somos muy violentos y que necesitamos mano dura.
Lo cierto es que el nuevo gobierno PSOE no ha cambiado nada sustancial: en enero del 2006 el Ministerio del Interior presentó un plan antidroga que suponía poner a la policía nacional y a la guardia civil en la puerta de los institutos. Así no sólo no terminan con el problema de la droga (en todo caso lo trasladan 200 metros fuera del instituto), sino que además, ese despliegue policial se usará para recortar nuestros derechos democráticos. Siempre ha sido así: cuando ponen guardias de seguridad en los centros, cuando ponen videocámaras… acaban utilizándose para cualquier cosa, menos para la excusa empleada para su colocación. Desde luego no es la represión lo que termina con los problemas sociales. Todo lo contrario, la represión los amplifica.
Un caso sangrante ha sido el instituto Aguas Frías de Guadalajara donde la junta directiva expulsó del centro a dos estudiantes acusados falsamente de fumar y traficar con marihuana. Sus padres demostraron clínicamente que no consumían. La dirección del centro condenó a estos dos estudiantes sin contemplaciones e injustamente. Sin embargo, en ese mismo instituto hay una importante banda fascista que amedrenta constantemente a sus compañeros, y la dirección, desde luego, no mueve un dedo y les permite actuar con absoluta impunidad.
Este doble rasero no se da sólo en ese instituto. Es algo generalizado. Se criminaliza a la juventud, pero contra los fascistas casi todos se quedan de brazos cruzados. Miles de jóvenes luchan de forma militante contra las bandas fascistas. El Sindicato de Estudiantes, por ejemplo, ha declarado la guerra permanente a esta gentuza. Pero, precisamente para poder luchar contra ellos tenemos que conocer y comprender qué es realmente el fascismo. Eso requiere que también conozcamos su origen y su papel social, así como las experiencias del movimiento antifascista, para aprender de los errores y luchar eficazmente.
2. ¿Qué es el fascismo?
Origen histórico del fascismo
El momento histórico en el que nace el fascismo como movimiento de masas (años veinte y treinta) era un contexto de crisis sin precedentes. La Primera Guerra Mundial (1914-1918), o primera carnicería mundial, había demostrado para millones de jóvenes, trabajadores y campesinos como, para los grandes empresarios y sus representantes políticos, lo único que importaba era obtener el mayor beneficio económico posible para sus bolsillos. Reclutando a millones de hombres para el matadero, los consejos de administración hundieron al mundo en la primera (y no única) Gran Guerra sin otro objetivo que el reparto del mercado mundial entre dos grupos de potencias imperialistas. Mientras los trabajadores y campesinos morían en las trincheras, en la retaguardia, sus mujeres y sus hijos se morían de hambre. Sin embargo, los empresarios de la industria bélica, los banqueros, los especuladores con el alimento, ropa o calzado, se enriquecían.
La Guerra Mundial fue derrotada por la Revolución. Primero en Rusia, centenas de miles de obreros y campesinos, liderados por el Partido Bolchevique, al grito de “Pan, Paz y Tierra” derrocaron el sistema capitalista en Octubre de 1917 y abandonaron el conflicto. Hartos de promesas y engaños decidieron tomar su futuro en sus propias manos. La llama de la Revolución se extendió por toda Europa: en Alemania en noviembre de 1918, soldados y trabajadores se levantaron y el emperador alemán tuvo que huir del país. La Gran Guerra había concluido.
Las burguesías de las potencias imperialistas, es decir los grandes empresarios y banqueros, habían agitado durante la guerra la bandera de la defensa de la patria frente al enemigo exterior: los empresarios y banqueros alemanes culpaba al zar ruso de la guerra y decían defender la civilización occidental, los empresarios y banqueros franceses culpaban a los alemanes y decían defender la democracia, los ingleses decían proteger a los pequeños países indefensos como Bélgica... Todos ocultaban que la guerra buscaba un nuevo reparto imperialista del mundo. Frente al conflicto entre naciones, la clase obrera comprendió, a través de su dolorosa experiencia, que sus intereses pasaban por unirse a los trabajadores de otras naciones, que no tenían ningún interés en oprimir y explotar a ningún pueblo, a diferencia de sus respectivas burguesías nacionales. El verdadero conflicto en el mundo no estaba entre naciones, sino entre clases sociales: burguesía (grandes empresarios y banqueros) y proletariado (los trabajadores y sus familias), dos clases sociales antagónicas y con intereses contrapuestos.
Esta generación de obreros luchó hasta la muerte por derrotar el capitalismo: en Rusia, Alemania, pero también en Italia, en Hungría, en el propio Estado español (trienio bolchevique 1917-19, que pocas veces nos explican en las clases de Historia del instituto)... Luchaban por un mundo en el que de forma democrática los recursos y las riquezas que los trabajadores (y sólo los trabajadores) producen se emplearan para solucionar los problemas sociales. Por el contrario, el capitalismo es el sistema donde esa riqueza creada por el productor acaba en los bolsillos privados de los capitalistas, dueños de los medios de producción (las fábricas, la tierra…). En Rusia la existencia del Partido Bolchevique y que éste tuviera el apoyo masivo de los trabajadores fue determinante para derrotar al capitalismo. Sin embargo, en el resto de los países, los dirigentes de los partidos socialdemócratas, en lugar de cumplir con la tarea histórica para la que habían sido construidos estos partidos por los trabajadores, optaron por defender a los capitalistas. Por eso la revolución no triunfó ni en Alemania, ni en Italia, ni en ningún otro país.
Pasado el maremoto revolucionario, los capitalistas lograron estabilizar durante unos años el sistema (los felices años veinte). Sobre la base de la represión y del cansancio, los capitalistas siempre salvan el sistema capitalista cuando las direcciones obreras no aprovechan las oportunidades revolucionarias. Utilizando el crédito, el endeudamiento y la especulación impulsaron a la economía más allá de sus posibilidades. Esta estabilización fue a costa de crear problemas futuros mucho mayores. Todo saltó por los aires en el crac del 29. Nuevamente, quienes pagaron el pato de la crisis fueron los trabajadores (paro masivo, miseria generalizada, hambrunas…), pero también los pequeños propietarios que veían como sus propiedades, de la noche a la mañana, no valían nada y tenían que cerrar sus negocios.
Una nueva oleada revolucionaria despertó en Europa. Sin embargo, los Partidos Comunistas y la Internacional Comunista, creadas por Lenin y Trotsky para dirigir la lucha internacional contra el capitalismo, no estuvieron a la altura de las circunstancias. El aislamiento de la revolución socialista en Rusia, un país atrasado, con mucho analfabetismo y con una economía muy atrasada y destrozada por la Primera Guerra Mundial y por la posterior guerra civil (que provocaron las fuerzas reaccionarias apoyadas por el imperialismo) provocó la degeneración de la Revolución y que una casta burocrática, dirigida por Stalin, usurpara el poder a la clase obrera. Dirigidos por la burocracia estalinista, los Partidos Comunistas se convirtieron en instrumentos de la política exterior estalinista que, sobre todo, buscaban mantener los privilegios de los nuevos inquilinos del Kremlin.
Sin embargo, la situación social no estaba, ni muchísimo menos tranquila. Los capitalistas necesitaban estabilizar la situación política y social. Pero además, el problema de fondo era que los mínimos derechos conquistados por los trabajadores a lo largo de la historia chocaban con las necesidades de la burguesía. Para recuperar sus tasas de beneficio tenían que aplastar a los trabajadores para que aceptaran vivir y trabajar bajo las condiciones dictadas por los patrones. El fascismo nace, en este contexto, como una “solución” de los grandes empresarios para aplastar al movimiento obrero. Esa es su misión histórica. Ya lo habían probado en Italia.
Tras la Primera Guerra Mundial en Italia también estalló una revolución. El Partido Socialista podía haber tomado el poder con mucha facilidad, pero dejaron pasar la oportunidad. Los capitalistas no lo desaprovecharon. Financiaron y armaron a unos matones que, con un discurso demagógico, incluso anticapitalista, movilizara a la masa de pequeños propietarios (las llamadas clases medias, sectores situados entre los grandes empresarios y los asalariados) y a delincuentes y vagabundos (el llamado lumpemproletariado) contra la clase obrera: sus organizaciones, sus dirigentes, sus locales… La burguesía utilizó a los fascistas para derrotar al movimiento obrero y conseguir recuperar y ampliar sus beneficios. El constitucional rey de Italia nombró primer ministro a Mussolini en octubre de 1922.
Tras el fracaso de una Revolución, inevitablemente siempre viene la reacción y la contrarrevolución. Quien hace media revolución y no la completa, está cavando su propia tumba. Sectores de los pequeños propietarios podrían haber sido arrastrados a las ideas de la Revolución con un programa y una práctica revolucionaria consecuente. El fascismo, cuya base de masas no eran los trabajadores, sino los pequeños propietarios, no hubiera tenido ninguna posibilidad. La indecisión de la dirección del Partido Socialista italiano entregó en bandeja a estos sectores, desesperados, a los fascistas.
Hitler y el nazismo
Ni socialdemócratas, ni estalinistas aprendieron la lección de Italia. En Alemania un proceso similar llevó a Hitler al poder. Los nazis fueron financiados por las más importantes multinacionales alemanas. Los capitalistas necesitaban recuperar sus beneficios y estabilizar la situación social y sólo lo podían conseguir arrodillando a la clase obrera.
Un vergonzoso ejemplo lo tenemos en multinacionales como la Bayer de las aspirinas. Esta multinacional alemana fue creada para evitar que sus directivos tuviesen que responsabilizarse de los crímenes de su directa antecesora IG Farben durante el régimen nazi. Así, por ejemplo, IG Farben, responsable de la creación y comercialización del gas que utilizaban los nazis para gasear en sus campos de concentración, utilizó 400.000 trabajadores esclavos durante la Segunda Guerra Mundial, alquilados por el gobierno y también solicitaba a mujeres recluidas en los campos de concentración para sus experimentos químicos. Para estos demócratas era muy rentable que Hitler llegara al poder.
Así para la campaña electoral de 1933, IG Farben donó 400.000 dólares al Partido Nazi. No fue la única. AEG (la Endesa o Iberdrola alemana) donó a través de distintas filiales 125.000 dólares, Demag (la Aceralia alemana) otros 50.000 dólares, Telefunken (la Telefónica de allí) otros 85.000 dólares y podríamos continuar (recordemos que son dólares de 1933).
De hecho las patrióticas multinacionales americanas no tuvieron ningún reparo en negociar con Hitler y los suyos a cambio de suculentos beneficios. Así la IBM se encargaba de los mecanismos de control y recuento de los judíos en los campos de concentración, la Standard Oil (actualmente Exxon) suministraba la gasolina y tenía suculentos negocios firmados con IG Farben, General Motors (Ford) fabricaba los camiones que usaría Hitler para transportar sus tropas, Rockefeller estaba asociado a Thyssen uno de los principales financieros que donaba recursos a Hitler, etc, etc, etc. Posteriormente también veremos a grandes empresas norteamericanas e inglesas haciendo suculentos negocios con Franco y, en definitiva, ayudándole a ganar la guerra civil.
Los derechos democráticos que hoy disfrutamos han sido conquistas del movimiento obrero, arrancados a la burguesía sobre la base de la lucha y los sacrificios de los trabajadores. Realmente, la democracia bajo el capitalismo no es más que una farsa en la que todos parece que tenemos derecho a decidir, pero las verdaderas decisiones importantes, que son las que día a día nos afectan a millones de jóvenes y trabajadores las toman los consejos de administraciones de las grandes empresas y la banca. Esta democracia formal, que sólo consiste en poder opinar cada cuatro años sobre quiénes van a aplicar políticas antiobreras, la democracia burguesa, es más cómoda para los empresarios, porque disimula la dominación de los capitalistas sobre el conjunto de la sociedad. Sin embargo, si para poder mantener sus beneficios la burguesía tiene que desprenderse del caparazón democrático, no dudarán en hacerlo. Golpes de estado y dictaduras como las de Franco o Pinochet así lo demuestran. Incapaces de estabilizar la situación con el parlamentarismo burgués… jugaron la carta del fascismo.
Muchas veces se ha dicho que si Hitler llegó al poder a través de las urnas, eso demostraba que el pueblo alemán estaba loco. La verdad es que en las elecciones de noviembre de 1932, las últimas realmente democráticas con las que Hitler se convertiría en canciller de Alemania, aunque los nazis eran el partido más votado, la suma de votos del Partido Socialdemócrata (SPD) y del Partido Comunista (KPD) superaba ampliamente a Hitler y los suyos. (11.700.000 los nazis, 13.200.000 la suma del KPD y del SPD) Sin embargo, los nazis tomaron el poder sin disparar un solo tiro. ¿Por qué?
Como en Italia, el ascenso del fascismo es consecuencia directa de la derrota de procesos revolucionarios o de no aprovechar situaciones revolucionarias para acabar con el capitalismo. En Alemania no sólo se había intentado terminar con el capitalismo en 1918, sino también en 1921, en 1923… Como en Italia, un programa revolucionario, que buscara solucionar los problemas de la clase obrera, desenmascarando las verdades del sistema capitalista y llamando a su derrocamiento, hubiera disuelto a la base del Partido Nazi. Como en Italia, esa base se componía de elementos desesperados y clases medias.
La retórica nazi acerca del enemigo exterior e interior, echando la culpa de los problemas sociales a los demás países, a los enemigos internos (judíos, comunistas o inmigrantes como hoy utilizan) y al “desorden que propiciaban los trabajadores, con sus huelgas y movilizaciones, y que impide el buen desarrollo de los negocios”, agrupaba a reaccionarios y desesperados y los movilizaba. Desde luego era el discurso idóneo para los grandes capitalistas. El problema ya no eran las clases sociales, sino la grandeza de la nación alemana, asediada por enemigos externos e internos. La ideología fascista desviaba la atención sobre el verdadero causante de la ruina de las masas: el capitalismo.
Los dirigentes socialdemócratas confiaban en el Estado (la policía, los jueces...) para acabar con la violencia fascista. No entendían que el Estado no movería un dedo contra las bandas fascistas que asesinaban a sindicalistas y revolucionarios, por ser un Estado burgués, cuyo objetivo es defender la propiedad capitalista. Las bandas nazis asaltaban locales y reventaban mítines y actos obreros y a la cárcel iban los trabajadores que trataban de defenderse. No sólo la vinculación personal entre mandos de la policía y jueces con los fascistas era absoluta, sino que bandas fascistas y Estado se complementaban. No era el Estado capitalista quien defendería a la clase obrera. Depositar esperanzas en que la policía y los jueces actuasen contra los nazis era desarmar al proletariado.
Por ejemplo, en abril de 1932, el ministro del Interior alemán publicó un decreto prohibiendo el ejército privado de Hitler, la SA. El dirigente de la SA, Röhm, en sus memorias plantea que esto no supuso ningún problema: “Pero sólo desaparecieron los uniformes y las insignias. Después, igual que antes, las SA se entrenaba en el campo de entrenamiento militar de Doebritz y en otras plazas públicas. Solo que ya no eran las SA, sino la Liga de Deportes Populares Alemanes”.
Pero por otro lado, los dirigentes estalinistas adoptaron una postura equivocada. En vez de intentar convencer a los obreros socialdemócratas, explicarles por qué no podían ceder la defensa de sus vidas a la policía, tal y como decían sus dirigentes, y ofrecerles la unidad de acción para defenderse conjuntamente de las agresiones nazis, lo que hicieron fue equiparar a socialdemócratas y a fascistas: Así los obreros socialdemócratas eran llamados “socialfascistas”. Los dirigentes estalinistas argumentaban que los dirigentes socialdemócratas, con su acción política, le hacían el juego a Hitler. Era cierto, pero cometían un error al no diferenciar entre la dirección socialdemócrata y sus bases. En lugar de desenmascarar a estos dirigentes ante sus propias bases, lo que conseguían dando la espalda a los trabajadores socialdemócratas era fortalecer a estos mismos dirigentes y desorientar a la izquierda en su conjunto. El colmo de esa política suicida fue el referéndum para derrocar al gobernador socialdemócrata de Prusia en el que estalinistas y nazis se aliaron.
Los dirigentes estalinistas podían haber propuesto conformar un Frente Defensivo de organizaciones obreras contra las agresiones fascistas, para defenderse de las agresiones de las tropas de asalto nazis. Sobre una acción común en la defensa de los locales, los actos públicos, las manifestaciones, se abrían ganado el oído de los trabajadores socialdemócratas que confiaban en su dirección. En la propia acción defensiva los argumentos socialdemócratas acerca del papel del Estado “democrático” se hubiesen caído por su propio peso. Con esta orientación, los propios dirigentes socialdemócratas hubiesen tenido muy difícil rechazar una propuesta así. Además, una acción decidida de los trabajadores hubiera desorganizado con rapidez a las bandas fascistas. El movimiento hubiera retomado la ofensiva y pronto la tarea inmediata no hubiese sido derrotar a Hitler, sino derrotar al capitalismo.
La acción de los dirigentes socialdemócratas y estalinistas, su confianza en las instituciones del Estado supuestamente democrático o su sectarismo, fueron el factor determinante para que Hitler tomara el poder. Y una vez allí, hizo bien su trabajo. No sólo persiguió y asesinó a judíos, sino que llenó cárceles y campos de concentración de sindicalistas, revolucionarios, comunistas, socialdemócratas… partidos y sindicatos fueron ilegalizados y perseguidos, locales clausurados. Y además armó nuevamente al imperialismo alemán para una nueva guerra mundial más sangrienta y bárbara que su predecesora.
El fascismo tras la Segunda Guerra Mundial
La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) hizo comprender a la burguesía que la carta del fascismo hasta sus últimas consecuencias era muy peligrosa: el propio mundo estuvo a punto de ser destruido y el propio Hitler había escapado del control de sus mentores financieros. Sacaron la conclusión de que para futuras situaciones de emergencia era más fiable encargar la represión a los militares de toda la vida, mucho más controlables para la burguesía, que los lunáticos dirigentes fascistas al frente de un movimiento de masas. Eso sí, las bandas fascistas, sin el carácter masivo de antaño, seguirían jugando un papel auxiliar, como grupos de choque. Pudimos ver esa experiencia en procesos revolucionarios como el de Chile a principios de los setenta. Mientras en los cuarteles Pinochet preparaba el golpe de Estado contra el gobierno socialista de Allende, en las calles, pequeñas bandas de matones fascistas, compuestas por los hijos de la burguesía, sectores de las capas medias y delincuentes a sueldo, pagados por la CIA atacaban a los obreros que protagonizaban la revolución.
Hoy siguen existiendo esas bandas fascistas. La burguesía las tiene guardadas en la recámara para poder utilizarlas a su conveniencia. Se trata de elementos marginales, compuestos en muchos casos por hijos de militares o de policías, hijos de pequeños propietarios o incluso “zumbados”, dirigidos, asesorados y financiados, tratan de hacerse dueños de las calles mediante las palizas y las amenazas.
Pero el relativo auge en los países de Europa de partidos de extrema derecha como el Frente Nacional de Le Pen en Francia y otros vuelve a demostrar que, ante una situación de crisis creciente del sistema capitalista, si las organizaciones obreras no presentan una alternativa que solucione nuestros problemas, la descomposición social, el descontento y la incomprensión dará alas a estos grupos reaccionarios que incitan al odio y al racismo
3. El fascismo en el Estado español
En el Estado español el fascismo también apareció en los años treinta. Éste no es el lugar para analizar los acontecimientos revolucionarios que protagonizaron los trabajadores entre 1931 y 1939, pero se volvió a confirmar que el fascismo es producto del sistema capitalista, y que sólo con una política revolucionaria que rompa con el capitalismo puede evitarse el ascenso fascista.
La II República y la CEDA
El fascismo era la respuesta de la burguesía y los terratenientes para terminar con el auge revolucionario que había propiciado la caída de la monarquía y la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931. El gobierno del PSOE coaligado con partidos burgueses republicanos fue incapaz de solucionar los problemas de los trabajadores y campesinos. La República no modificaba el sistema social y el poder económico seguía en manos de los terratenientes, de la Iglesia Católica y de los grandes empresarios y banqueros. Sin romper con el capitalismo, en un contexto de crisis mundial tras el crac del 29, cualquier reforma chocaba con los intereses de la clase dominante. Finalmente el propio gobierno utilizó la represión contra las reivindicaciones obreras.
Pero la clase dominante necesitaba aplastar a los trabajadores. Como en Alemania, la reacción trató de construir un movimiento de masas fascista, alrededor de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) de Gil Robles, para tomar el poder por la vía electoral, agrupando a los pequeños propietarios y unificando a los reaccionarios. La CEDA utilizaba para movilizar a las capas medias, curiosamente, las mismas mentiras demagógicas que hoy en día utiliza el PP: 1. La familia y los valores tradicionales de España están en peligro: mantener el poder de la Iglesia Católica, el principal terrateniente y dueña del sistema educativo y marginar a las minorías como hacen hoy con los homosexuales y los inmigrantes. 2. La unidad de España está en peligro por culpa de los separatismos: atacar los derechos nacionales de vascos, catalanes y gallegos, impulsando el nacionalismo españolista para enfrentar a los trabajadores de distintas nacionalidades. 3. Existe una conspiración antiespañola: entonces acusaban a los nacionalistas, los rojos y los masones, ahora los enemigos son nacionalistas, rojos y terroristas de ETA y Al-Qaeda, que están aliados.
Los planes de la burguesía fracasaron por la acción de la clase obrera. Bajo el grito de “Antes Viena que Berlín” en alusión a que los trabajadores austriacos —que sí trataron de resistir el ascenso del fascismo luchando—, en Octubre de 1934 los trabajadores se movilizaron para evitar que la CEDA tomara el poder. En Asturias hubo una verdadera revolución socialista que durante unas semanas derrotó al capitalismo. De hecho, si la revolución no triunfó en el resto del Estado fue, fundamentalmente, por el papel que jugaron los dirigentes obreros del PSOE y la CNT. Los primeros no habían preparado seriamente la insurrección y los dirigentes anarquistas, salvo en Asturias, se negaron a participar en el movimiento. La Comuna asturiana fue aplastada por las tropas republicanas dirigidas por Francisco Franco, pero la fortaleza del movimiento obrero frenó los planes originales de la burguesía. Se convencieron de que no podrían instaurar el fascismo a través de las elecciones, sino que tendrían que utilizar el sable. Inmediatamente después de Octubre de 1934 empezaron a preparar el golpe de Estado de Franco del 18 de julio de 1936.
El Frente Popular
Los dirigentes obreros no aprendieron de las lecciones europeas. En lugar de organizar a los trabajadores para terminar con el capitalismo confiando en sus propias fuerzas, llegaron a un acuerdo con los partidos republicanos burgueses reeditando el que ya existía en 1931 y que había fracasado: el Frente Popular. No se trataba de un frente de organizaciones obreras, sino que PCE, PSOE y POUM (con la colaboración de CNT) se aliaron con pequeños partidos burgueses que representaban a sectores minoritarios no revolucionarios y pequeño-burgueses de la población y que sólo suponían un obstáculo para la lucha contra el fascismo y contra el capitalismo.
El objetivo de este Frente era, en teoría, frenar al fascismo, pero realmente lo que hizo fue allanarle el camino. La burguesía española tenía clara su opción: aplastar a los trabajadores mediante una sangrienta dictadura fascista, no respetarían las formas democráticas de la República. Por otra parte, llegar a un acuerdo con políticos burgueses en el Frente Popular sólo conseguía paralizar a los trabajadores e introducir confusión, creando ilusiones en que, sin romper con el capitalismo, se podían solucionar los problemas de las masas y frenar a los fascistas. Pero además, su programa extremadamente limitado, supeditado a los programas de los partidos burgueses incluidos en el Frente, hacía muy difícil conseguir cualquier mejora sustancial en las condiciones de vida de las masas. Para mantener la alianza los dirigentes obreros se entregaron a estos “aliados” abandonando sus respectivos programas, para no “asustar” a los empresarios y clases medias, confiando en un Estado capitalista que una y otra vez había demostrado de qué lado estaba.
Así, la conspiración fascista de los militares pudo organizarse sin ningún problema e incluso con la colaboración de miles de cargos del Estado. Al producirse el golpe de Estado, el gobierno republicano llegó a ofrecer carteras ministeriales a los militares rebeldes, en lugar de armar al pueblo para aplastar la sublevación.
La acción de la clase obrera, armándose y deteniendo a los militares en muchas ciudades de la península, impidió que el golpe triunfara, pero no sólo eso, donde los trabajadores triunfaban, las fabricas eran expropiadas y las tierras tomadas por los campesinos. Como no podía ser de otra manera, los trabajadores luchaban contra el fascismo y contra el capitalismo, contra el general que trataba de aplastar la revolución y contra el empresario que financiaba al militar. La clase obrera y los campesinos protagonizaron una revolución socialista, luchaban para transformar la sociedad. Si las organizaciones obreras hubiesen querido, podían haber terminado por completo con el capitalismo, lo que hubiese extendido la revolución a la zona controlada por Franco y a los demás países (Francia, Portugal e Italia sobre todo).
Sin embargo, la política del Frente Popular de pactar con la burguesía para no “asustarla” también preparó la derrota en la guerra civil. Para tranquilizar a Inglaterra y Francia los gobiernos de Frente Popular acabaron con las medidas revolucionarias tomadas por los trabajadores tras la insurrección de los militares: devolvieron las tierras y las fábricas a los capitalistas y golpistas, disolvieron las milicias… lo que tuvo un efecto muy negativo en la moral de los obreros y en las posibilidades de desestabilizar el ejército de Franco y su retaguardia.
Reprimir a los revolucionarios no sirvió ni para convencer a Francia e Inglaterra para que ayudaran a la República, ni para convencer a los grandes empresarios y terratenientes. Todo lo contrario, facilitó la victoria de Franco, que sí recibía ayudas de todas las potencias imperialistas (incluidas las “democráticas”) y era financiado e impulsado por esos mismos grandes empresarios y terratenientes que el Frente Popular trataba de convencer. La guerra civil se perdió porque los dirigentes obreros no entendieron la relación entre el fascismo y el capitalismo y no apostaron por transformar la sociedad cuando lo podían hacer perfectamente.
El PP da alas al fascismo
Ya hemos señalado como el PP tiene un verdadero discurso cedista, heredado de la CEDA de 1933. No es casualidad. Durante las movilizaciones contra la guerra imperialista de Iraq en el año 2003, por Internet circulaba un chiste en el que Franco resucitaba y preguntaba por la composición del gobierno. Todos eran hijos o nietos de reconocidos franquistas, salvo Fraga… que era él mismo . Lo cierto es que el aparato del Estado y la burocracia del PP son la herencia directa de la dictadura franquista y están empapados en esas tradiciones.
En las luchas que terminaron con la dictadura en los años setenta, no se procesó a jueces, militares ni policías cómplices del franquismo. Además, las academias miliares y policiales siguen enseñando en las mismas tradiciones. El carácter reaccionario de cuerpos como la Guardia Civil se ha demostrado constantemente, por ejemplo apaleando a inmigrantes, como hicieron recientemente para frenar a los subsaharianos que trataban de cruzar la frontera en Ceuta y Melilla. Estos meses el Ejército también ha demostrado que es una herencia directa del pasado franquista. Las declaraciones del general Mena contra el Estatut, invocando el derecho del Ejército a intervenir si "la unidad de España" está amenazada son un claro ejemplo. No es cierto que haya sido un militar aislado. Muchos generales opinan así. A los pocos días un capitán amenazó con presentarse en Madrid con sus soldados para entregarle un escrito al ministro Bono contra el Estatut y el Ministerio de Defensa tuvo que cerrar sus foros en Internet porque estaban tomados por militares fascistas. No es sorprendente, por tanto, que el aparato del Estado ampare a las bandas fascistas y les permitan actuar con absoluta impunidad.
Desde luego no estamos hablando de que vaya a haber un golpe de Estado o que estemos ante un nuevo auge del fascismo como en los años treinta. Pero estas declaraciones de militares y la propia actitud del PP, justificando las declaraciones de Mena, demuestran las reaccionarias tradiciones de la derecha, de sus representantes políticos y del aparato del Estado.
Si las agresiones de estas bandas se han incrementado en el último período en todo el Estado español tiene que ver mucho con la situación política que vivimos. La derecha española no ha aceptado las magnificas movilizaciones que jóvenes y trabajadores protagonizamos contra la derecha: movilizaciones contra la guerra imperialista en Iraq, contra el desastre del Prestige contra las leyes reaccionarias del PP… Movilizaciones que culminaron en la fantástica respuesta a los atentados del 11-M y contra los intentos de manipulación de esos atentados por parte del PP. Rabiosos, la derecha instiga a sus cachorros a que tomen la revancha.
El PP está sembrando el odio contra los catalanes, vascos, gallegos, está sembrando el odio hacia las minorías, como los homosexuales, está sembrando el odio y el racismo hacia los inmigrantes, hacia los musulmanes, hacia los pueblos de América Latina, está criminalizando a la juventud de izquierdas, está apoyando “pronunciamientos” de corte golpista como los de Mena… ¿Alguien puede pensar que esa actitud del PP no tiene ningún efecto? El abogado del fascista Israel Galve Maldonado, acusado de intentar asesinar a un joven comunista de Guadalajara en febrero de 2005, trata de defender a su cliente alegando que, acosado por la extrema izquierda, un día perdió la cabeza y apuñaló al compañero. Si alguien provocó que el fascista “perdiera la cabeza” ha sido el PP con sus discursos racistas, de extrema derecha, que están dando alas e impunidad a los fascistas.
4. El fascismo, producto del sistema capitalista
Como vemos, el fascismo es un producto destilado de la putrefacción del capitalismo y una herramienta más de la burguesía y el imperialismo para mantener su dominación. La crisis del sistema capitalista no se expresa solamente en el terreno económico (el capitalismo condena a dos terceras partes de la humanidad al hambre e, incluso en Occidente, provoca, cada vez más, pobreza y marginalidad, eventualidad…), sino en todos los terrenos: guerra y destrucción, como en Iraq o Afganistán, matanzas y limpiezas étnicas auspiciadas por las multinacionales, como en África, contaminación y destrucción de la naturaleza… Un ejemplo trágicamente reciente son las grandes catástrofes naturales, como el Katrina en EEUU, que se llevan miles de víctimas, cuando ya hoy existe la tecnología para paliar sus consecuencias, sólo que no resulta rentable aplicarla. Pero también hay crisis en el terreno de la cultura, la filosofía, las ideologías...
Realmente, sólo acabando con la causa del origen de esta plaga podremos extirpar por completo al fascismo del planeta. Por eso, los jóvenes antifascistas tenemos que entender que no basta con luchar contra las bandas que nos agraden los fines de semana, nos insultan y amenazan en nuestros barrios, institutos... tenemos que entender todo lo que hay detrás: el carácter del aparato del Estado, los intereses de clase burguesa que hay detrás de estas bandas, los que en nombre de la clase obrera desvían la atención de los problemas de fondo y, como conclusión, la propia necesidad de acabar con el sistema capitalista. Esta sociedad se construye sobre las espaldas de los trabajadores que producen todo lo que nos rodea, pero el resultado de su trabajo se lo apropia una pequeña minoría parásita de la sociedad. Esta contradicción encierra todas las lacras que padecemos. Los jóvenes antifascistas, revolucionarios, tenemos que organizarnos y luchar por la transformación revolucionaria de la sociedad: el socialismo es poner en manos de los trabajadores, la inmensa mayoría de la sociedad, los ingentes medios y recursos que ellos mismos producen para, planificándolos democráticamente, transformar el planeta en un hermoso mundo donde vivir.
SEGUNDA PARTE: CÓMO LUCHAR CONTRA EL FASCISMO
La lucha contra el fascismo no es una cuestión de broma. No se trata de un juego, sino de algo muy serio que puede afectar a nuestra integridad física. Por eso, cada paso a dar contra el fascismo tiene que ser contundente, sin flancos descubiertos. Una acción correcta nos fortalece y a ellos les debilita. Pero a su vez, un paso mal dado produce justo lo contrario. Pero en todo caso, lo peor es no hacer nada. Cualquier acción fascista, si no es inmediatamente respondida provocará que esta calaña se crezca. Precisamente cuando agachamos la cabeza es cuando más cómodos se encuentran.
El Sindicato de Estudiantes exige la expulsión de los fascistas de los institutos y universidades. Pensamos que a estos elementos tenemos que marginarles y luchar contra ellos. Aunque vengan con nosotros a clase, no son compañeros. Señalar que un fascista, por ejemplo, no ha agredido a nadie, que el problema es que “es tonto” y no se entera de nada o que se trata de meras diferencias ideológicas, y, por tanto, no tenemos que expulsarle del centro es munición para que el fascista en el futuro sí cometa agresiones, insultos e intimidaciones. Hay que cortar esa posibilidad de raíz. El fascismo no es una ideología más... tenemos que entender que si ese fascista pudiera, seguramente agrediría a los estudiantes de izquierdas inmigrantes, homosexuales, de diferente credo religioso, etc., en ese instituto o facultad.
Tenemos que comprender cómo podemos luchar contra estos elementos para conseguir su erradicación. Además tenemos que anticiparnos a un ambiente hostil por parte de la derecha, de los medios de comunicación y del aparato del Estado cuando iniciemos una campaña de este tipo. Casos como el de Talavera (Castilla - La Mancha) donde, al iniciar una campaña contra las agresiones fascistas, jueces, mandos policiales, periodistas, caciques locales e incluso la administración local (gobernada por el PSOE) cargaron contra nosotros, demuestran que no luchamos contra una pandilla de niñatos (La Tribuna de Toledo 09/07/05). En esta ciudad se demostró que muchos de los fascistas eran “hijos de”, familiares de los caciques que llevan gobernando en esas tierras desde la Edad Media (y que, por cierto, son dueños de los principales medios de comunicación), se demostró la más absoluta complicidad de mandos policiales y jueces y el paraguas que suponían los medios de comunicación a cada una de sus acciones.
A priori sabemos que tratarán de equipararnos con los fascistas, de presentarnos como violentos, de confundir a los trabajadores del barrio o de la localidad argumentando que se trata de un enfrentamiento entre dos bandas de ideologías extremas. Tendremos que desmontar todas esas calumnias porque la clave de la lucha contra el fascismo está en conseguir su aislamiento social.
Nuestros aliados en la lucha contra el fascismo no estarán, por tanto, entre los jueces o los mandos de la policía. Por supuesto tendremos que utilizar el sistema judicial para tratar de que los fascistas se pudran en la cárcel, pero tenemos que entender que sólo actuarán contra ellos para lavarse la cara, o cuando reciban mucha presión. Nuestros aliados serán los trabajadores: nuestros padres y vecinos. Por tanto, el centro de nuestra intervención tendrá que ser explicar a los trabajadores qué es lo que está realmente sucediendo, responder y desmentir toda la propaganda reaccionaria y señalar claramente a todos los que, con sus acciones, directa o indirectamente, facilitan o amparan la actuación de los fascistas.
Para ello no podremos caer en provocaciones y hacerle el juego a la derecha. Desde luego tenemos que defendernos, incluso físicamente, frente a las agresiones fascistas. Nosotros no vamos a poner la otra mejilla. Frente a las agresiones hay que organizar la autodefensa. Pero las acciones de pequeños grupos limitados, aislados, aunque sean acciones valerosas, no serán comprendidas por los trabajadores. Tranquilamente serán instrumentalizadas por la derecha para demostrar que realmente se trata de enfrentamientos entre bandas. Es necesario aislar socialmente a las bandas fascistas, y lo conseguiremos con la movilización masiva del conjunto de la juventud y, sobre todo, de todos los jóvenes y trabajadores. Pero a veces, eso no será suficiente. Si nos vemos obligados a llegar al enfrentamiento físico, tiene que ser sobre la base de haber realizado una campaña de explicación que permita contar con la simpatía de los trabajadores.
Aquí entran en juego el resto de las organizaciones de la izquierda, en especial los partidos políticos y los sindicatos. Podemos estar más o menos de acuerdo con la política que siguen las direcciones del PSOE, IU, UGT, CCOO u otras organizaciones obreras. De hecho, como ya hemos señalado, en algunos lugares donde se han producido agresiones fascistas, la izquierda estaba en el gobierno. E incluso, en lugares como Guadalajara, en lugar de movilizarse con nosotros, prefirieron hacerlo con la derecha dando alas a los grupos fascistas (El Día de Guadalajara, 12/02/05). Sin embargo, estas organizaciones, cuya trayectoria está estrechamente vinculada a la memoria histórica de la clase obrera, son las únicas capaces de movilizar a la inmensa mayoría de los trabajadores. Si queremos ser efectivos y lograr una movilización masiva de jóvenes y trabajadores tenemos que hacer todo lo posible para formar un Frente de organizaciones de izquierdas, o, en el caso de que alguno de los dirigentes de estas organizaciones de masas se nieguen a participar, presionar mucho para que tengan muy difícil decirnos que no.
Por supuesto este Frente no puede ser establecido sin ningún tipo de principios. Tres son los elementos fundamentales a los que no podemos renunciar: 1. No se trata de luchar contra la violencia en general, sino contra los fascistas. Si no señalamos esta diferenciación diluiremos el contenido de la movilización. Tratarán de hacerlo, presentando la movilización como una “manifestación contra la xenofobia” o “por la paz”. Desde luego, claro que estamos contra la xenofobia y por la paz. Pero hay que llamar a las cosas por su nombre. Bajo la excusa de hacer algo más amplio, los trabajadores no conocerían cuáles son los verdaderos problemas. 2. Ningún pacto con la derecha. Ni el PP, ni sus juventudes, ni la patronal. ¡Cómo vamos a ir en unidad de acción con un partido que justifica proclamas golpistas como las del general Mena! También escucharemos muchos argumentos a cerca de la “unidad”. Pero la unidad tiene que ser para luchar. La derecha ha demostrado en repetidas ocasiones de qué lado de la barricada está. En una movilización contra el fascismo no tendrían otro objetivo que paralizar la lucha y diluirla. Algún compañero podría plantear que al integrarlos en la movilización desenmascaramos más fácilmente sus intenciones. Sin embargo, nosotros tenemos que explicar a nuestros compañeros por qué existe el fascismo y la relación política y financiera que tienen con la derecha. 3. El método fundamental de lucha es la movilización masiva de la clase obrera y la juventud y la autodefensa. Desde luego, este punto no excluye otras actividades o iniciativas. Por ejemplo, romper su anonimato elaborando y publicando listas con los nombres y direcciones de los fascistas conocidos, así como de todo aquel que les ayuda es muy importante, ya que estos elementos utilizan el anonimato como arma defensiva. Acabemos con ese anonimato, hagamos una campaña informativa por toda la localidad, barrio… y demostremos el aislamiento social de los fascistas con una movilización unitaria de la izquierda. Una manifestación masiva tiene la virtud de demostrar, plásticamente, cómo los antifascistas somos muchos más que ellos. Y para defendernos de sus agresiones, no confiemos en la misma policía que les ampara, organicémonos en patrullas vecinales de jóvenes y trabajadores que vigilen las zonas conflictivas y protejan de nuevas agresiones.
Desde luego, de todo esto se desprende la necesidad de responder ORGANIZADOS a los fascistas.
Una lucha seria contra ellos requiere que formemos Comités Antifascistas. Para responder a la propaganda reaccionaria y explicar lo que está sucediendo tendremos que sacar hojas informativas, carteles para convocar las movilizaciones, ir a las fábricas a explicar qué está sucediendo a los trabajadores, a los mercados, organizar repartos masivos, también para llegar a lugares nuevos o implicar a otros colectivos, tendremos que conseguir recursos económicos para pagar todo eso, etc.
Este Comité, que puede estar formado por Comités de Instituto, Facultad, Fábrica o Barrio, coordinados a nivel local, por ejemplo, contaría con todos los antifascistas, estén o no estén en alguna organización, sean representantes escolares, o no, dispuestos a participar en la lucha y a contribuir con su grano de arena. Su cometido sería organizar toda la campaña contra los fascistas, hacer propuestas al conjunto del movimiento, discutir un plan de acción serio y continuado y organizar la autodefensa…
Otro aspecto que se desprende de la organización es la necesidad de dotarnos de un servicio de orden efectivo para las manifestaciones. Por un lado para impedir que los fascistas traten de romper la movilización, como en más de una ocasión han intentado. Pero también para evitar que caigamos en las provocaciones de los mandos policiales, que intentarán ponernos nerviosos para que el titular de la prensa del día siguiente sea que la manifestación fue violenta, con disturbios, etc.
Desde luego, una primera respuesta, aunque esté bien organizada, no significa erradicar el problema. Es más, probablemente los fascistas traten de responder, por un lado, histéricos al contemplar a muchos más que ellos movilizándose, por otro lado para evitar la propia disgregación del grupo fascista, cuyos miembros, no acostumbrados a una respuesta de esta contundencia, estarán impactados y humillados. Esto significa que los compañeros más destacados tienen que tomar medidas de precaución y, por otro lado, que la lucha es continuada y que con una sola movilización es difícil derrotarles. Sin embargo, el camino está marcado: organización, explicación y movilización.
Antifascismo y anticapitalismo: lucha por el socialismo AFÍLIATE AL SINDICATO DE ESTUDIANTES
El Sindicato de Estudiantes no se saca esta alternativa, ni estos métodos de lucha de la manga. Son la herencia directa, por un lado de la historia del movimiento obrero: la condensación de las luchas de los años treinta, de las experiencias del movimiento obrero y juvenil en los años sesenta y setenta, etcétera. Pero también, por otro lado, son las lecciones de la propia historia del Sindicato de Estudiantes. Desde nuestro nacimiento durante las luchas del 86/87 tuvimos que enfrentarnos a los fascistas. Esas movilizaciones eran educativas, pero los fascistas acudieron a reventarlas. Después la lista de campañas es larga: Tres Cantos, Morón, Sevilla, Girona, Salamanca, Guadalajara, Talavera… Afiliados del Sindicato han sido agredidos, amenazados, perseguidos, sin embargo, no sólo no han podido con nosotros, sino que en muchos de estos conflictos hemos resultado vencedores. ¿Por qué? Por la organización, las ideas y los métodos que utilizamos.
El Sindicato de Estudiantes es una organización estable, estatal, con cerca de veinte años de historia, internacionalista y de izquierdas que se inspira en la experiencia histórica del movimiento revolucionario internacional: Una organización revolucionaria es la única herramienta útil para la lucha que tenemos por delante. Para defender estas ideas, para luchar contra el capitalismo y por la transformación revolucionaria y socialista de la sociedad: afíliate al Sindicato de Estudiantes. Porque hasta que no terminemos con este sistema enfermo, el sistema capitalista, responsable de las grandes plagas de la humanidad, no podremos acabar no sólo con los fascistas, sino con todos los explotadores y con la opresión del hombre por el hombre, para, en una sociedad socialista, convivir como iguales, verdaderamente con los mismos derechos, en una sociedad justa, sin pobreza, con unas condiciones de vida dignas.
Madrid, 20 de febrero de 2006
TABLA REIVINDICATIVA
• Desmantelamiento de todas las organizaciones y grupos fascistas. Ilegalización de los partidos y organizaciones de ideología fascista. Investigación de todas sus fuentes de financiación. Éstas serán expropiadas y puestas al servicio de las necesidades sociales. Todo aquel que financia a un fascista, es cómplice del fascismo. Expropiación de todas las Sociedades Anónimas Deportivas (los clubes de fútbol, por ejemplo) que ayuden o den amparo a los fascistas. • Expulsión de los fascistas de los institutos y de la universidad. No permitiremos que continúen imponiendo su ley y coartando nuestros derechos democráticos. Los sindicatos de los trabajadores de la enseñanza, las APAS y las organizaciones estudiantiles tienen que velar para que los fascistas no se reorganicen o sean ayudados por juntas directivas reaccionarias. Todo director o profesor que dé cobertura a los fascistas o haga apología del fascismo será despedido. • Depuración de los elementos reaccionarios del aparato del Estado. Control por parte de los sindicatos obreros de las academias militares, los cuarteles y de la policía. Derechos políticos y de sindicación para los soldados. Supresión de la Guardia Civil. Supresión de la Legión. Juicios populares contra la violencia fascista. • Ninguna restricción de nuestros derechos de expresión, reunión y huelga. Derechos democráticos en los institutos. Reconocimiento del derecho a huelga y a la Asamblea general en hora lectiva. La policía fuera del instituto. Plan de financiación que eleve la inversión en la educación pública al 7% del PIB para garantizar una educación pública, democrática laica y de calidad y para luchar contra los problemas sociales en los barrios obreros. • Plenos derechos laborales y ciudadanos para los inmigrantes. Derogación de la Ley de Extranjería. Restablecimiento de la ley de asilo político. Fin de los centros de internamiento y de las repatriaciones por carecer de “papeles”. Derecho al reagrupamiento familiar. Medios materiales suficientes para que las diferentes comunidades puedan mantener sus tradiciones culturales y lingüísticas. Una verdadera integración de los inmigrantes es la mejor manera de evitar la demagogia reaccionaria que tratará de utilizarlos como chivos expiatorios. • Para luchar contra el fascismo: organización de Comités Antifascista de organización y autodefensa, máxima unidad entre las organizaciones de izquierdas y movilización masiva y unitaria de los jóvenes y trabajadores. Patrullas vecinales de autodefensa para evitar nuevas agresiones controladas por asambleas de vecinos, partidos de izquierdas y sindicatos, a través de los Comités Antifascistas. Ninguna agresión quedará sin respuesta.
Contra el fascismo... Luchemos por el socialismo
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